Obra

Jardín Sensorial

2019
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Jardín Sensorial es una instalación de gran formato concebida como un jardín cyborg, creada por encargo de la Fundación Princesa de Asturias.

CONCEPTUALIZACIÓN | PRODUCCIÓN | TECNOLOGÍA
María Castellanos y Alberto Valverde
Proyecto comisionado por
Fundación Princesa de Asturias.  Semana cultural de los Premios Princesa de Asturias 2019
SITE-SPECIFIC
Antigua Fábrica de Armas de La Vega. Oviedo
En 2019, la Fundación Princesa de Asturias nos encarga la creación de una instalación site-specific para la Semana Cultural de los Premios Princesa de Asturias, en la Antigua Fábrica de Armas de La Vega, en Oviedo.

Jardín Sensorial parte de investigaciones que veníamos desarrollando en proyectos como The Plants Sense y Symbiotic Interaction, centradas en explorar la actividad eléctrica de las plantas y en desarrollar tecnologías capaces de hacer perceptibles algunas de sus respuestas al entorno.

Para este encargo trasladamos esas investigaciones a una instalación de gran formato: un jardín cyborg en el que organismos vegetales, sensores, sistemas electrónicos y dispositivos robóticos convivían formando un mismo ecosistema. La actividad eléctrica de las plantas era registrada en tiempo real y utilizada para activar diferentes interfaces distribuidas por el jardín, transformando estas señales en luz, movimiento, vibración y sonido.

De este modo, el espacio funcionaba como un organismo híbrido y cambiante, cuyo comportamiento emergía de la interacción entre las plantas, las condiciones ambientales, los dispositivos tecnológicos y la presencia del público.
Distribuidos entre la vegetación, distintos dispositivos traducían la actividad registrada en las plantas a estímulos perceptibles para el cuerpo humano. El jardín incorporaba interfaces táctiles y hápticas, dispositivos lumínicos, actuadores robóticos con formas tentaculares y sistemas sonoros, cada uno de ellos respondiendo mediante un lenguaje sensorial diferente.

Algunos dispositivos producían vibraciones que podían percibirse mediante el contacto; otros modificaban su intensidad lumínica, generaban sonido o desplegaban movimientos orgánicos entre la vegetación. Estas interfaces componían un ecosistema sensorial en el que una misma actividad biológica podía adquirir diferentes manifestaciones físicas.

La tecnología se integraba así en el jardín como parte de una ecología híbrida que ampliaba las posibilidades de relación entre plantas, máquinas y cuerpos humanos.
En una zona específica del jardín, varias plantas estaban conectadas individualmente a sistemas de monitorización. Frente a cada una de ellas, una pantalla permitía visualizar en tiempo real las variaciones de su actividad eléctrica, haciendo visible un proceso que normalmente permanece fuera de nuestra percepción.

Estas estaciones permitían observar cómo las señales cambiaban continuamente y cómo podían producirse variaciones relacionadas con las condiciones del entorno y las interacciones que tenían lugar a su alrededor.

El pequeño jardín funcionaba así como un espacio de observación dentro de la instalación: una aproximación más directa a las señales que alimentaban el resto del ecosistema tecnológico de Jardín Sensorial.
El proyecto incorporaba además un espacio didáctico concebido como laboratorio abierto, donde el público podía experimentar directamente con el sistema desarrollado para la instalación.

Durante los talleres, las personas participantes acudían con sus propias plantas, las conectaban mediante sensores y podían observar en pantalla su actividad eléctrica en tiempo real. La experiencia permitía pasar de contemplar el jardín a participar en el propio proceso de experimentación, haciendo accesibles las herramientas y metodologías utilizadas en el proyecto.

Esta dimensión extendía Jardín Sensorial más allá de la instalación expositiva y convertía parte del proyecto en un espacio compartido de observación, experimentación y aprendizaje.
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