En la instalación, la inteligencia vegetal y la IA cohabitan, aprendiendo de forma conjunta y dando lugar a formas de colaboración inesperadas. Las máquinas, alimentadas por datos de electrofisiología vegetal, se adaptan a partir de la actividad eléctrica de las plantas y evolucionan con el tiempo mediante sistemas de aprendizaje. Al mismo tiempo, las plantas responden a su entorno y a su relación con las máquinas, participando activamente en este proceso.
Una inteligencia artificial global sincroniza el comportamiento de las máquinas blandas, de modo que los aprendizajes generados por una se comparten con el resto, configurando un sistema distribuido de conocimiento.
La obra se formaliza en una instalación compuesta por tres pequeños invernaderos donde conviven plantas y máquinas blandas. El dispositivo propone limitar la intervención humana directa para observar cómo ambas formas de vida evolucionan conjuntamente a lo largo del tiempo.